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09
A finales de junio pasé por un episodio inédito en mi vida, viví una experiencia máxima con una serie de acontecimientos que quedaron marcados en mi memoria: estuve por primera vez hospitalizado.
El día miércoles 23 de junio comencé a sentirme mal de salud, por la noche ya estaba con una fiebre muy alta, dolor muscular (mialgia) y dolor de cabeza que me duró hasta al rededor de unos cuatro días, durante los cuales estos síntomas decaían y volvían a tomar fuerza. El sábado siguiente un doctor me mandó al hospital, consideraba que yo debía ser ingresado por sospecha de dengue o leucemia ya que un examen de sangre mostraba que yo tenía leucopenia (descenso de los glóbulos blancos). Cuando llegué al hospital, a pesar que mi examen de sangre decía lo contrario, yo lucía en aparente estado normal —considero que fue por mi optimismo—. Después de una hora el doctor que me examinó y vio un nuevo hemograma que reflejaba a penas una leve mejoría, me dijo que podía regresar a casa y que me hiciera otro examen en las próximas 24 horas.
El lunes siguiente en el hemograma se leía que tenía 76.000 plaquetas por milímetro cúbico, lo que antes había estado en un 110.000. De modo que me mandaron de nuevo al hospital. Esa noche a penas había subido a un 80.000 la doctora volvió a repetir la fórmula del sábado: regrese a casa, tome abundante agua y acetaminofén y regrese mañana a hacerse un nuevo examen. ¿Habrá sido porque me comportaba como si no tuviera nada?
Estuve hospitalizado dos días, en este tiempo por extraño que parezco, fueron días de una experiencia fantástica y hermosa para mí, porque viví cosas que jamás me habían sucedido. En la sala donde me ingresaron, habían en su mayoría hombres de más de 30 años; uno de ellos era un reo, lo tenían esposado a su camilla; había un anciano que cantaba, todos los días los enfermeros le pedían que cantaran y él lo hacía con una entonación angelical; había otro anciano que se quejaba mucho y por no tener completa su dentadura no podía entenderse lo que decía, este anciano murió esa noche.
No pude dormir la primer noche, es normal que mi cuerpo se comporte así en lugares extraños. Mis ojos se cerraron hasta la una de la madrugada entre los quejidos del anciano sin dentadura. Como a las dos y media, desperté y algo parecía distinto... ya no se esuchaban los quejidos, me levanté al baño y al regresar pasé cerca del anciano a quien ya no miraba que respirara, "creo que el abuelo ya nos dejó", pensé. Momentos más tarde, los enfermeros entraron a dar medicina y revisarnos la terapia intravenosa. Allí confirmé mis sospechas, el anciano había muerto.
Al día siguiente muchos de los pacientes en la sala fueron dados de alta y junto a mi cama llegó un anciano de unos 70 años, según me confesó, con quien pudimos conformar una excelente compañía. Él es un poco sordo y había que gritarle para que entendiera. Cuando me hablaba, yo le escuchaba pacientemente y le respondía con fuerza, nadie más tenía esa paciencia con él —ni los propios enfermeros—, por lo que al día siguiente que yo abandoné el hospital, él se quedó muy triste. Mis plaquetas estaban ya arriba de 150.000 y me descartaron leucemia, fiebre tifoidea y VIH (cómo no, si soy el "señor abstinencia"). Ese mediodía mientras iba del Hospital Dr. Jorge Mazzini Villacorda de Sonsonate a Juayúa, lloré. Lloré por el anciano desdentado que había muerto, lloré por el anciano cantor, por el bienestar del reo y en especial por el anciano sordo, lloré por ese viejo izalqueño que tantas anécnotas sabía contar.
Cuatro días después de abandonar el hospital, un nuevo nuevo examen mostrá que tenía ¡395.000 plaquetas por milímetro cúbico! Con la hemoglobina de 15.9 g/dl (cuyo rango normal para los hombres es entre 13.8 y 18.2 g/dl). Días más tarde, ya fuera de todo peligro, enviaron los resultados de la prueba del dengue: positivo. Así que padecí de la "fiebre rompe-huesos".
¡Cuántas cosas aprendí!, la principal que ratifiqué: aunque estemos enfermos, no debemos dejar de sonreír.